viernes, 5 de diciembre de 2008

Caracas POSITIVA


En Caracas, la ciudad del de clima perfecto, las mañanas son brillantes, limpias y marcadas por el verdor de toda su naturaleza. Siempre he pensando que los caraqueños aman a sus “matas”, a sus plantas con una devoción inusual. Su relación con la naturaleza obedece a la generosidad que brinda la latitud y cierta animosidad con todo lo natural.

Mientras la mitad de la ciudad todavía duerma, basta pasearse por alguno de los mercados de la ciudad para tomarle el pulso a la sana costumbre de comprar todo fresco. La ciudad es un paraíso de frutas tropicales, como pocas partes en el mundo, las frutas aquí tienen un sentido casi lúdico. La gente habla de la buena fruta, de la fruta fresca como si fuera un tesoro preciado. Los mercados estimulan la interacción social entre los caraqueños, humaniza el habla, seculariza la sana plática de lo acontecido ayer. Dispersa los rumores y genera un momento de encuentro. Los mercados son el epicentro de la convivencia. Capitalizan la risa, oxigenan las mañanas, distribuyen la cultura material en sabores y olores.

El Ávila enmudece la ciudad: Su colosal presencia ratifica una extraña relación entre el Ávila y el ciudadano, en una suerte de manifiesto simbólico. “lo primero que pienso sobre Caracas es como extraño el Ávila”. La montaña llena de secretos y nombres insospechados (los platos del diablo, Naiquatá) cumple una función vital. Nos recuerda la belleza de la naturaleza. Es nuestro gran parque. Su verde decora y recrea la vista, pulveriza los demás colores, crea un grupo social sin clases sociales: aquellos que caminan el Ávila son los más felices de los caraqueños. El Ávila engalana las madrugadas, las tardes, los atardeceres y su belleza es plasmada en versos, canciones, pinturas y nostalgia.

La ciudad tiene tesoros escondidos que muchos se niegan a ver o explorar. Muy temprano cientos de chinos van al Bosque a ritualizar sus prácticas afectivas y culinarias, mientras que a media mañana la colonia peruana luego de una misa a Santa Rosa de Lima se dedica a degustar ceviche, anticuchos y alfajores cerca del Colegio de Ingenieros. Así hacen los españoles en la Candelaria, los libaneses en su club, los Italianos entre el partido del calcio y un buen almuerzo y miles de familias caraqueñas inmigrantes que hacen de los domingos un punto de encuentro. La ciudad invita a unos pocos aventureros a conocerla sin perjuicios, sin falsas suposiciones. La Ciudad vive, mientras quizás sus habitantes temen circular por ella. Acaso ir a a la Calle Colombia de Catia a degustar la comida árabe, o darse una vuelta por la Plaza el Venezolano a ver el espacio de colores de la piñatería, no es un paseo banal, sino un saludo a la ciudad posible.

La Ciudad quizás no se camine, pero hay todavía islas donde se puede transitar. Caminar de nuevo para Sabana Grande es hacer arqueología urbana. Allí esta el Gran Café de Caracas fundada por un notorio mafioso francés, el legendario restaurante Jaime Vivas, el restaurante mas viejo de la ciudad, que sigue siendo fiel a sus viejos clientes. Sabana Grande es la Pulpería del Libro, laberinto de tesoros. Sabana Grande denota el rito de ser uno de los espacios de la ciudad donde cabemos todos, donde las clases sociales desaparecen, donde los estudiantes comienzan a reencontrarse y manifestarse con la música y la buena conversa. Donde lo “in” es cada vez mas nocturno, donde el reto es retomar la noche como forma de expresión.


La ciudad merece ser descubierta. Merece que las personas se tomen la molestia de re – capturarla. Merece que se conozca el museo Arturo Michelena, o la casa Mendoza. O el casco colonial de Petare o la Plaza la Campiña, o los pasillos de tiendas en el Silencio. Merece que alguien del Este se digne a cruzar la frontera hacia el Oeste y explore que es ser caraqueño. Las barreras normalmente son mentales no sociales. Esas barreras merecen ser destruidas. Las fronteras mentales deberían desaparecer cuando se camina la ciudad, cuando se entra en las plazas, cuando se encuentra uno con una tienda memorable, cuando la gente te invita a recorrer su local con obvio orgullo.

Caracas entonces se reconstruye en sus galerías de arte, en los miradores espontáneos que surjan en las laderas de las montañas donde los novios observan la selva de luces. Caracas vive en su música, de todas las formas en todos los espacios, buscando decir que el arte vive en la ciudad y se niega a morir. Acaso el metro, la serpiente que nos comunica de este a oeste con una facilidad pasmosa reconstruye una línea de conocimiento que se ha perdido con el tiempo. El metro es la línea que destruye toda barrera mental. Haga una lista, reflexione:

¿Cuando fue la ultima vez que fue al Panteón Nacional?
¿Al museo Boulton?
¿Al mercado de Quinta Crespo?
¿A la plaza Miranda?
¿A la iglesia de San Francisco?
¿Al paseo de la Carlota?
¿A la plaza de la Candelaria?
¿Al parque los Chorros?
¿A la Galería de Arte Nacional?
¿Al Museo Sofía Imber? (si si, ya no se llama así, no importa, todos saben donde queda)
¿Al Casco Colonial de Petare?
¿A los Próceres?
¿Al Jardín Botánico?
¿ A la Universidad Central? (que es patrimonio de la humanidad)

Hagan la lista. Reflexionen. Piensen porque no han ido a buscar hortalizas a la Unión, o tratado de ir a alguna de las tardes literarias del restaurante Soledad, acaso el restaurante árabe más antiguo de Caracas, o quizás sentarse en un plaza de Chacao (que son seguras) y caminar por sus calles donde se esconden sitios como el restaurante Damasco, el café Sucre, el restaurante Ventura entre otros.

El caraqueño atrapado entre lo inseguro y el mundo de Direct TV sueña con otras ciudades. No es mi problema. Caracas se abre como un abanico frente a mis ojos: Caracas literaria, Caracas gastronómica, Caracas arquitectónica, Caracas dance, Caracas infantil, Caracas en su complejidad, donde la geografía supone un esfuerzo de observación y constancia en el noble arte de caminar.

Piensen solamente en la nuestra feliz tradición de dar direcciones. Caracas es el laberinto de Rodas. Una dirección común: “Ay señor…esta muy cerca…cruza al final de la panadería y encuentra un aviso gran de Frica, dos cuadras mas allá hay un edificio viejo (cuidado con el hueco), allí vera un kiosco azul y es al lado”. Otra típica: “¿Tu sabes donde esta el edificio CIMARRON en el calle esa principal que tiene muchos árboles…pues es allí mismo”. Nuestra capacidad para orientarnos es limitada, pero nuestra imaginación para describir lo descubierto es ilimitada.

Caracas en positivo es una actividad de vida. Implica una disciplina de observación y experimentación. Buscar entre sus calles los secretos de la ciudad, los sitios donde los personajes hablan por si mismo es reconstruir con paciencia la memoria y el presente de la Ciudad. Tal es el reto.

viernes, 28 de noviembre de 2008

CARACAS NEGATIVA

La ciudad amanece con prisa. Hace poco nos quitaron media hora de oscuridad. En tiempos de socialismo es necesario que el hombre nuevo se levante más temprano, con más luz, con más espíritu de emprendimiento marxista. La madrugada produce ruidos rutinarios: un abrir y cerrar de grifos, golpes de puertas, aperturas de neveras, encendidos de carros. La ciudad es un inmenso monstruo que se despierta luego de muy pocas horas de descanso. La rapidez signa toda actividad. El habitante de Caracas, incapaz de pensar en la mañana, se apresura a formar parte de la horda de vehículos y transeúntes. Son dos imágenes nobles. En realidad la ciudad se convierte en un gigantesco estacionamiento de carros cuya movilidad esta limitada a una escaramuza de violentas agresiones físicas y verbales. La decencia se perdió en esta juego de malabarismo y saltos acrobáticos que nuestros conductores realizan para evitar cada hueco y obstáculo inventando por las fuerzas del orden público. En nuestras capsulas de aire acondicionado (los que lo tienen) nuestra segundo dosis de miseria supone escuchar los titulares del día, en un rito parecido en algunas estaciones de radio a los 5 minutos de odio de 1984.

Para los peatones, el ciudadano de a pie la odisea quizás sea peor (de hecho la palabra quizás esta de mas allí, pero para eso esta la relatividad como veremos a continuación.), entre lo que tiene que madrugar (345 am para Guarenas 430am para San Antonio, 530am para el resto de la ciudad) para poder pelearse por un puesto en algún autobús maltratado por las capas lunares de nuestras calles. El pasajero duerme o permanece en una especie de estado vegetativo mientras dura el trayecto, con un cansancio acumulado a medida que avanza la semana. La gravidez de sus gestos está en sus ojos, demacrado por el paso de los días. Claro, siempre hay algo de relativismo en esta imagen. Siempre hay un loco en el autobús que tiene una cara de felicidad imperturbable. Un loco que canta canciones de amor, o tiene una risa contagiosa producto sin duda de que recibió algún regalito nocturno y en la pesadez de la mañana lo recuerda entre el smog y el forcejo de los pasajeros.

La ciudad se ha vuelto un gigantesco templo de la incertidumbre. Sabemos a que hora salimos de nuestras casas, pero ya ignoramos cuando llegaremos a nuestros destinos. No solo es un problema de movilidad, sino esa actitud de pesadez en el ambiente. Somos incapaces de ser puntuales en una ciudad que no lo premia. La cortesía es un hábito que se perdió en la bruma del smog. Nuestro mejor amigo en esas horas de peregrinaje parece ser el celular. Entramos en el metro y observamos a la gente escribiendo mensajes que no puede mandar todavía, pero que le permiten pasar el tiempo. El celular se convierte en una suerte de ayuda terapéutica en la cola:

- ¿donde andas?
- Ay chica en una tranca en la autopista camino al Banco…
- Igual yo…pero va corriendo…en 40 minutos llego fácil.

El celular es ahora nuestro mejor amigo.
¿Quién camina por una ciudad que no lo permite? Aceras rotas, pocos pasillos, lugares sin iluminación. La ciudad es un gran cráter lunar. No hay nada más fácil que caerse, maltratarse, golpearse con la acera de enfrente.

¿Quién conoce la ciudad que habita? Los centros comerciales son las jaulas seguras que albergan los refugiados de los peligros de la calle. Los malls son la máxima expresión de la perdida de espacios públicos para caminar, ser y vivir. La diversión se ha privatizado. La diversión es mercancía. Lo lúdico tiene un precio y Caracas se agota en posibilidades gratuitas de pasar un rato distinto. Los centros comerciales son las “zonas seguras” de la ciudad y en ella, hasta que están abiertos, permanecen los caraqueños en una suerte de fantasía comercial, hasta que en hordas se regresan a sus casas. El centro comercial es el hábitat de los jóvenes, de las señoras con niños, de la clase popular sin opciones, de la clase media con miedo. Un hábitat prefabricado, sin identidad, ajeno a la anécdota, complaciente por un precio determinado por un clasismo urbano de apariencias y lujos. En tiempos de socialismo la bonanza petrolera nos ha hecho más capitalista y la ciudad, como si quisiera olvidarse de si misma, asume un rol parecido a los ochenta.

Caracas no se entiende. Los caraqueños esgrimen su violencia con cada vez menos paciencia. “Antes era mejor…” se escucha entre las colas del metro o los pasillos sucios del Pasaje Zingg. “Antes era seguro…” parece ser el eslogan del momento. La ciudad se vuelve cada vez más invisible al ciudadano común quien ya no tiene a donde escapar. Ya nadie quiere salir de sus casas. ¿Para que? Ha triunfado Direct TV.
GGM 2008

lunes, 10 de noviembre de 2008

Amsterdam Invisible


I parte

La sombría atmosfera aniquila el único rayo de luz. Ya no queda remedio. Nunca lograremos ser plenamente felices en esta ciudad de canales. Su clima es el protagonista permanente de una función que comienza con lluvia y termina con viento. Las calles se vuelven interminables bajo la garulla de lluvia, y las corrientes de aire pequeños tornados que nos obligan a repensar los caminos. Estamos en Ámsterdam, la Venecia del norte.

Es la ciudad que he evitado escribir durante años. Quizás por sentirme incapacitado o porque su identidad cambia cada vez que voy. Quizás porque lo que tengo que contar de ella esta a la vista de todos. Quizás porque Ámsterdam no es una ciudad sino un sitio que existe en mi imaginación, como en la de cada de una de las personas que la visitamos. Siempre he pensado que hay un Ámsterdam para cada quien. Algunas veces se convierte en una ciudad oriental, llena de especies y restaurantes chinos, alimentos picantes de tailandeses, delicateces indonesias y olores de Surinam. En esos días solo pienso en comer bao pao, huevos cubiertos de sambal y dim sum en el barrio chino. En Ámsterdam las especias están escondidas en tiendas centenarias, desde que los holandeses en plena edad media aprendieron a ocultar los sabores de las carnes con pimienta, canela, clavo, cúrcuma y sésamo. Sus significados permanecen en la vida privada de cada quien.

En otras ocasiones es una ciudad de museos. Amarillos, negros, azules premian las salas del museo real, el museo de van Gogh, del museo de historia de Ámsterdam. Los colores reconfiguran los espacios y las elegantes caminaderas de la ciudad mas modesta de Europa resplandece en unas alcobas llenas de Van Dijk, Rembrandt, Hoogstraten, Vermeer y de Koninck. Detrás de los colores, los cuadros holandeses siempre tienen un negro único que perturba, una sombra impenetrable que molesta pero que a la vez decora todo el cuadro y lo hace creíble. Los museos son templos del silencio, en donde las épocas pasan paulatinamente, en orden, por pisos: el siglo dorado, el momento de Van Gogh y las impresiones de De Koonig. Los transeúntes descubrimos la transparencia de los rostros, el verdadero significado del amarillo y la tolerancia suprema de geometría.

Ámsterdam, donde todo esta privatizado. Donde hay que pagar para ver el escondite de Ana Frank, donde hay un museo que te muestran las últimas tendencias del sexo mundial, donde se camina por tiendas de quesos para luego encontrarse con tiendas que reparan muñecas. La ciudad para los japoneses significa algo muy distinto que para los británicos. La ciudad privatiza casi hasta el oxigeno, pero democratiza el espacio privado con lugares para todos los gustos terrenales. Es cierto hay plazas y parques que se convierten en espacios de encuentro en el verano, pero son espejismos locales. En realidad la ciudad se reinventa todos los días. Ámsterdam fue una de las primeras ciudades modernas y son duda que en ella la postmodernidad se inventa todos los días.